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El like un mundo altamente sugestivo, adictivo y efímero.

Estudios han demostrados que cada segundo un aproximado de 60.000 personas están dando like, a fotos, estados o videos en la red.

Este solo dato es aislado y no genera alertas, Pero los expertos comienzan a detectar una serie de distorsiones y frenetismo en la carrera por conseguir un ‘me gusta’ o un retuit, y que no obedece a otra cosa que la necesidad de lograr aprobación o de ser legitimado en público.

No es un fenómeno nuevo, pues desde siempre hemos buscado esa aprobación en nuestro círculo de amigos, colegas o familia. Todo empieza cuando somos niños y buscamos la aprobación de nuestros padres. Después, esta necesidad se vuelve más intensa cuando estamos pasando por la adolescencia, pues es la época en la que se define buena parte de nuestra identidad.

“Ser aceptado, ser valorado y ser reconocido por la comunidad es una necesidad estructural e inherente al ser humano. Por eso, nos ponemos ropa similar a la de los demás o usamos la misma jerga”, explica Mónica Ceballos, psicóloga y psicoterapeuta especializada en niños y adolescentes.

 

Like Me

Lo que ha cambiado es que ahora esa aprobación se busca principalmente y esto es especialmente válido para los jóvenes en las redes sociales. Es decir, en un espacio universalmente público, con unos alcances infinitamente mayores. “Estamos en un mundo donde las personas están compartiendo de todo para llamar la atención, sentirse especiales y ganar aprobación. El mundo digital está amplificando nuestras necesidades emocionales a una escala no vista y eso se ve reflejado en la obsesión por el like. Lo que nos lleva a sentirnos mal cuando no alcanzamos la cantidad esperada de interacción o aceptación”, asegura Santiago Villegas, bibliotecólogo, investigador y experto en redes sociales.

Y como el alcance de estos medios es planetario, ya las necesidades del like no se limitan a uno o dos amigos, como en la vida real, sino a que decenas, incluso cientos o miles, nos digan que lo que hemos publicado está ‘bien’, que ‘gusta’. “La tecnología está llevando este tema a niveles insospechados”, dice Villegas.

El problema es que la búsqueda de esta aprobación puede volverse una auténtica adicción, con un espectro de posibilidades que van desde la inocente ridiculez de echarse un balde de agua encima para demostrar que se apoya la lucha contra una enfermedad, a cosas mucho más peligrosas, como los juegos de retos en los que caen cada vez más adolescentes y que pueden atentar contra la salud. O a accidentes absurdos, como el sufrido por el alemán Oliver Pats, de 51 años, quien tratando de conseguir una selfi original parándose al borde de un abismo en las ruinas de Machu Picchu (Perú) murió al resbalarse y caer al barranco.

 

Validación 

Esa necesidad de aprobación, amplificada por las redes sociales, se ha convertido en un enemigo invisible. El caso de la modelo australiana Essena O’Neill, una joven estrella de internet que decidió renunciar a las redes sociales en noviembre del año pasado, es elocuente. Y ella misma explicó los motivos en una conmovedora carta pública:
“Parecía que tenía la vida perfecta online, pero realmente me sentía sola y miserable por dentro. Nadie sabía que tenía un desorden de ansiedad social. Estaba cansada de mantener esa fachada feliz y perfecta, que no existía”.

Lo que explica comportamientos como el de O’Neill es que la cantidad de notificaciones provenientes de un comentario en Facebook, un ‘me gusta’, o un retuit, etcétera pueden producir placer –o dolor, si no son suficientes o tan positivos como se espera.

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De esta manera si podría ser para siempre… O hasta que el láser los separe.

 

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